viernes, 12 de febrero de 2010

Frio

La encontraron una noche de plenilunio sobre un lecho de algas. Su pelo como finos hilos de platino y la piel blanca y húmeda como la niebla del Atlántico. Y esa mirada… te perdías dentro de esos ojos. Nació de la espuma, de la mar surgida como una pequeña Dea. Arrastrada por el agua fue dejando su huella en la arena: suaves ondas de sal dibujaban la costa, su existencia. Unos ojos (sus ojos) del color del fondo marino que registraban cada rincón y llenaban de instantáneas su memoria.

Tuvo una infancia feliz, rodeada de arena, de música de olas, de la misteriosa luz de luna reflejada sobre la piel. Cada madrugada una leve brisa se adentraba en su dormitorio y la desvelaba dulcemente. Ya serena, bajaba las escaleras y corría por el jardín hasta que sus pies tocaban la arena de la playa. Y andaba hasta sentir el agua en la piel, subiéndole por los tobillos, abstraída por unos minutos en la línea del horizonte, esa donde el Sol, el cielo y el mar forman tan solo un instante parte del mismo infinito.

Iba descubriendo la vida poco a poco, a manos de sus padres, de su querida costa. Y restaba sumergida en un cúmulo de ligeros recuerdos, de pequeñas conversaciones consigo misma. Dormía tranquila entre sábanas hechas de sueños, de océanos en los que cada inmersión se convertía en un deseo de libertad, de romper fronteras.

Dentro de este mundo fue creciendo ajena a la vida de otros, sólo preocupada del leve aroma a sal que la acompañaba a diario, restando con ella en cada rincón de la casa. Y su cuerpo tejido de olas adquirió el alma del mar: sinuoso y desconcertante.

Esculpida en mármol, fría como el agua que la había dado a luz: una Venus de piel de vidrio y mirada nostálgica que alargaba sus horas de retiro con la mirada fija en el crepúsculo, extasiada por la centelleante luz de la puesta. Ansiosa por volver a ver a su querida Luna. Llegada la noche se dejaba llevar por el placer de ver su cuerpo a merced de las olas. Se sentía acariciada por los dedos de alguna criatura lejana enraizada tan dentro… tan transparente como el muro que la sitiaba.

Pasaban los días, las horas iban cayendo. La vida había perdido todo sentido: estaba inmersa en el sueño más dulce, flotando entre imágenes idílicas, espuma de besos y caricias saladas. Su cuerpo se estremecía con el tacto nocturno de un amante imaginario y encendida por unas manos febriles, desnudaba su alma cada madrugada. Llegada el alba, caía temblorosa sobre la arena, indefensa, tan frágil como el tallo más joven. Sólo en ese momento dejaba aflorar esa grieta. Los labios no saben explicar todo lo que las lágrimas dicen: melancolía, frustración… Un dolor venido desde lo más profundo; El frio volvía a hacerla suya, cubriendo los sueños y la esperanza de una gruesa capa de escarcha.

3 comentarios:

  1. Esta entrada es muy bonita... 'a veces' sabemos perfectamente las razones por las que no somos razonables

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